Por alguna razón, en mi más fiero interno, todavía creía que sería para siempre. Estúpidamente ingenua. Creí en todo lo que me dijiste. Te hice mi verdad absoluta. "Las torres más altas caen con más pesada caída" dijo ciertamente Horacio. Fue así como encontrándome en la cima, sin errar al decir que bastaba ponerme de puntillas para tocar el cielo, caí. Todo lo que creía certero se volvió incierto. Jamás me sentí tan desesperanzada, tan descaradamente engañada. El viento sopla y sé que no va a volver. Todo lo que alguna vez fue bueno no va a volver. Todo lo que ya no es.
Superfluo sería decir que no lo quiero de vuelta. Sé que no está. Sé que no lo quiero. Sé que cada célula de mi cerebro lo rechaza a cada minuto, todos y cada uno de los organelos de mis neuronas están de acuerdo en algo: no lo quieren cerca. Mi corazón, por otra parte, parece obstinado a aferrarse a la idea de que lo necesito. Y no está solo, por supuesto, lo acompañan mis pulmones, el hígado, el páncreas, el estómago y hasta la última célula ósea de mi cuerpo, si es que eso siquiera existe. Por eso odio la biología, nunca de mi lado. Desde los tsunamis estomacales hasta los terremotos mentales, no me es posible traer a la mente una sola vez desde aquel pasado veintiséis de julio que se acerca, en que mi anatomía no me haya jugado una mala pasada al verte.
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